Un poco de historia…
Uno pensaría que, en una ciudad verde, más lluviosa de lo que gustaría a muchos y marcada por su cercanía al agua, este no sería un elemento que haya sido escaso alguna vez para los donostiarras. Sin embargo, y como ocurrió en muchas otras ciudades, en Donostia se ha pasado sed, y no han sido pocos los esfuerzos que se han hecho a lo largo de la historia para que el agua llegara a sus habitantes.
A este recurso, y a medida que la ciudad fue creciendo y su población fue en aumento, se añadieron a la lista los recursos de Moneda, Lapazandegui (1848), Errotazar (1865), Txoritokieta (1885) y Olarain (1892), hasta que la escasez fue totalmente resuelta a través de la compra de Artikutza (1919).
Una de las más antiguas es la fuente Kañoietan, que ya existía en tiempo los tiempos de la Donostia amurallada.
Por aquella época también, existía en la actual plaza del Txofre una fuente a la que mucha gente de intramuros prefería acudir pues tenía la fama de ser agua más saludable, además de servir de lavadero. A día de hoy encontramos una fuente en dicha plaza, pero esta, aunque también tiene su belleza, no tiene que ver con la antigua.
Otras de las fuentes mejor conservadas, aunque ahora cumplan solo tengan función ornamental, son las tres fuentes Wallace ubicadas en el Paseo de Francia. Reciben ese nombre por el filántropo inglés Richard Wallace, quién tras la guerra con Prusia que originó la rendición de Napoleón III (1870) y que dejó una París asolada, decidió dotar de fuentes públicas económicas pero elegantes que ayudaran a su población. El modelo que creó Wallace rápidamente se extendió a muchas ciudades europeas, entre las cuales se encontraba Donostia, quién compró varias unidades a finales del siglo XIX y las ubicó en el Paseo de la Concha.
Fotos: Carlos de Gil